RETABLO DE LA NOCHE

Ismael Grasa

 

 

Conocía a Cristina Huarte cuando aún estudiaba el bachillerato. Era una chica que dibujaba. Le interesaban la literatura y el pensamiento, y contenía entonces, de alguna manera, las inquietudes que años después parecen seguir siendo su motor creativo. Quizá dibujar fuese para ella una manera de rebelarse frente a lo que no le gustaba de su entorno, y, llegando a alcanzar un talento extraordinario para el dibujo, su siguiente paso es rebelarse contra su propio dibujo y su propio talento. Acompaña sus exposiciones de dibujos con grandes cuadros abstractos de pintura, como en estas Sombras breves o en su muestra anterior en CAI Luzán, en un diálogo que es más una pelea que un completarse, como si la artista quisiese señalar más hacia lo que no está que hacia lo que pinta. Apunta hacia una tensión, algo inconsciente y no resuelto. Y eleva esa tensión de lo personal, en series anteriores donde parecía ella autorretratada, a lo cultural, a lo colectivo y a lo político. No parece que esa tensión de lo humano pueda cerrarse en ningún caso, porque es precisamente lo humano. En todo caso, Cristina Huarte ha dado un paso adelante para hacerse cronista de su tiempo en esa búsqueda, ese camino emprendido que ella asume con un rigor admirable.

 

Guilt, culpa, es el título de una de las series de esta exposición. En la otra pieza, Snippets, se muestra el mundo que ha alcanzado Cristina Huarte, como en una gran síntesis: ese retablo en que los materiales se descomponen y se dejan al descubierto, esas veladuras en el dibujo y distorsiones propias del sueño, esa presencia de lo freudiano y de un mundo monstruoso, deformado, que emerge de nosotros, en la duermevela de la razón. A su manera, la artista ha hecho su versión de la puerta del infierno de Dante. Los dibujos de autorretratos que Cristina Huarte había hecho anteriormente expresaban un estado gestual próximo al aullido, y eran esencialmente psíquicos. Sus Snippets forman un nuevo autorretrato donde la artista se ha disuelto ya de un modo completo en el mundo que reproduce. Vicente Villarrocha utilizó una expresión que me parece muy acertada. Dijo que la pintura de Cristina Huarte era de naturaleza “vampírica”. Ciertamente, su acercamiento a la belleza va de la mano del terror, y transmite un aleteo desasosegante y nocturno. Y es vampírica también porque se adueña de lo ajeno. Por mi parte, percibo igualmente algo de humor en esta propuesta, como sucede con los monstruos del escritor Javier Tomeo, un tipo de inteligencia que le ofrece al espectador la ocasión de reconocerse y de no perderse.

 

Algunos de los gestos movidos y rasgos rotos de Snippets me hacen pensar también en el camino que emprendió Francis Bacon en su manera de retratar el dolor y la compasión por el hombre. Ya he dicho que la pintura de Cristina Huarte tiene tanto de indagación personal como cultural, y es significativo que en sus dibujos anteriores eligiese como modelos a figuras como Poe, Boris Karloff o Leopoldo María Panero, personajes que apuntan hacia la locura y hacia los miedos irracionales del hombre. La artista entra con una linterna, como una nueva Alicia, en el cuarto oscuro de los sueños, y expone lo que encuentra a la luz del día. Dirige una mirada hacia lo primitivo y luego nos tiende cortésmente la mano, desconcertada todavía pero con una firmeza que nos hace creer en ella. 

NIGHTIME ALTARPIECE

Ismael Grasa

 

 

I met Cristina Huarte when she was still studying at high school. She was a girl who drew. She was interested in literature and thinking, and encompassed then, in some way, the inquisitiveness which years later still seems to fuel her creative drive. Perhaps drawing was, for her, a way of rebelling against what she disliked in her surroundings and, upon developing an extraordinary talent for drawing, her next step was to rebel against her own drawing and her own talent. In her exhibitions, her drawings are accompanied by large abstract paintings, such as in Sombras breves (Fleeting shadows) or in her previous exhibition in CAI Luzán, in a dialog that is a more of a fight than a conclusion, as if the artist wants to point more towards what is not that which makes her paint. She points to a tension–something unconscious and unresolved. And, in previous series, she highlighted the tension of the personal in her self-portraits with cultural, collective and political slants. It does not seem that the tension of humanity can be concluded in any case, because that tension itself is inherently human. Indeed, Cristina Huarte has stepped forward to become a chronicler of her time in that search, that path she follows with admirable rigor.

 

Guilt, is the title of one of the series in this exhibition. In another piece, Snippets , she shows the world that has reached Cristina Huarte, as a grand synthesis: the altarpiece in which the materials are decomposed, exposing velatures in the drawing and distortions inherent in dreams, as a presence of the Freudian and a monstrous world, warped, emerging from us in light sleep of reason. In a way, the artist has made her own version of the door of Dante's Inferno. Huarte’s earlier self-portrait drawings had expressed an almost howling gesture, and were essentially psychological. Her Snippets are a new self-portrait in which the artist has completely dissolved herself in the world that is reproduced. Vicente Villarrocha used an expression that to be seems very apt: he said that Cristina Huarte's painting had a 'vampiresque' nature. Indeed, her approach to beauty goes hand in hand with terror, and conveys disturbing and nocturnal tones. And it's also vampiresque because it partakes with the unfamiliar. Personally I also perceive some humor in her work, as with the monsters of the writer Javier Tomeo; a type of intelligence that gives viewers the chance to acknowledge and situate themselves.

 

Some of the curious gestures and broken features of Snippets also lead me to think of the path taken by Sir Francis Bacon in his way of portraying pain and compassion for mankind. I have already said that Cristina Huarte's painting expresses both her own and cultural explorations, and it is significant that in her earlier drawings she chose models such as Poe, Boris Karloff and Leopoldo María Panero, characters pointing to madness and to the irrational fears of man. The artist enters with a flashlight, like a new Alicia, into the darkroom of dreams, and exposes what is found in the light of day. She looks toward the primitive and then politely extends a hand, still puzzled, but with a firmness that makes us truly believe in her.