LA VITALIDAD

David Mayor

 

 Aún no estás sola, Cristina Huarte.

IAACC Pablo Serrano de Zaragoza

(25 de abril - 2 de septiembre)

 

 

Tiene la propuesta artística de Cristina Huarte (Zaragoza, 1988) una manera de dirigirse al espectador que insiste en la sensación por encima de lo intelectual, directa, sin intermediarios retóricos ni imposturas que simulen un discurso plástico ya referenciado. Podemos saber cuáles son sus fuentes, las lecturas que la animan y fundamentan, los cuadros que habitan su memoria, pero ante los ojos del espectador de poco sirven. La rotundidad de su trabajo se basta por sí misma dirigiéndose a nosotros en primera persona del plural. Y no se trata de dar facilidades gratuitas o caer en la espontaneidad de lo instintivo, sino que alude a lo radicalmente vital más que a una reflexión codificada o canónica.

 

La suya es una pintura compulsión, que se vive mientras se ve. Y en ella hay ruptura, tensión, gesto interrumpido, quemazón o vértigo vital. Ahí reside el sentido de su propuesta, la dirección en que nos embarca hacia nosotros mismos como espectadores. Hacia lo que somos y lo que no queremos ser. Pulsión de vida y de muerte, de entrega a la intemperie de las emociones que nos constituyen. Al amor, al horror, a la esperanza, al desasosiego, a ese crisol de contradicciones del que somos contenedores y que las piezas de Cristiana Huarte recogen con vitalidad incisiva. Vitalidad de la artista pero también de quien contempla, detenido delante de las piezas, ese momento de vida que se ancla desde lo ajeno a lo propio.

 

Aún no estás sola, título de la exposición que se muestra en las salas del IAACC Pablo Serrano de Zaragoza del 25 de abril al 2 de septiembre, reúne piezas de las series “Snippets”, “Tristeza sin donde”, “She likes to burn”, “Hija del viento” y “Piedra y sol”. Un recorrido por lo que Cristina Huarte ha realizado en los últimos tres años. Aún no estás sola lo toma prestado de un poema del poeta Ángel Guinda en el que se explicita simbólicamente la intención de la artista: “Aún no estás solo corazón:/ ¡Levanta!/ Deja que yo te quiera con mi pasión oculta/ (…) Yo te daré un dominio de manzanas dulcísimas,/ yo te daré mi sangre para que tú la quieras,/ para que tú la extiendas como un río salvaje/ con piedras a su paso,/ con cristales y trampas”. Y eso es lo que nos presenta Cristina Huarte: alegoría de manzanas dulcísimas, sangre, río salvaje, piedras, cristales y trampas. Porque eso es la vida y de eso están hechos los cuadros de esta artista.

 

 

Snippets

 

A alguien –usted que está leyendo, por ejemplo– le hablan de fragmentos (snippets)  y, posiblemente, visualizará algún detalle, un retal, la desprotección de lo que ha sido abandonado por una supuesta totalidad mayor en un supuesto tiempo anterior. Algo inacabado, contingente, desvalido, frágil. Pero no olvide que fragmentario también implica oculto, una elipsis, la representación de una incertidumbre, de una posibilidad, de un misterio. De ahí el éxito del discurso fragmentario como decir contemporáneo.

 

Cuando, a continuación, usted se detenga ante el imaginario de Cristina Huarte al respecto, lo que ella denomina “Snippets”, observará que representa tanto la idea del abandono como la del misterio: esas imágenes que son pura sensación no son sólo fragmentos, también son un mundo que atrapa, una composición que se cierra sobre quien la mira, la combinación de dibujos y abstracciones, de figuras y vacíos. Mirarlo implica recorrer el desasosiego de lo incompleto. Esos rostros que surgen trastocados y trastornados, esa madera vista, esos manchurrones de tinta son acción directa que inflama los nervios de cualquiera y suspende los juicios concluyentes. Son algo roto, algo desprendido, algo violento. Algo. Nunca una certeza. Pero en la intensidad de una disposición que también es articulada. Es y no es lo representado. Es la forma y su descomposición. Son fragmentos que nos llevan a otra parte, a algo distinto: el yo que se abre a lo misterioso y que el propio yo abre. Escribió Eliot en su Tierra baldía –uno de los referentes literarios con los que Cristina Huarte ha contado para esta pieza–: “Hay una sombra bajo esta roca roja,/ Y te mostraré algo distinto de tu sombra”. La artista ha conseguido que “ese algo distinto de tu sombra” sean estos fragmentos que nos interpelan tan intensos como desvalidos.

 

 

Tristeza sin donde

 

Confiesa Cristina Huarte que ha sido Luis Cernuda –ese poeta que nunca deja de interesar–  un punto de referencia para las piezas que titula “Tristeza sin donde”. El Cernuda de Donde habite el olvido: “Era un sueño, aire/ Tranquilo en la nada; Al abrir los ojos/ Las ramas perdían.// Exhalaba el tiempo/ Luces vegetales,/ Amores caídos,/ Tristeza sin donde.” Y es ineludible acaso para quien conozca la obra del poeta transterrado que, al ver los sacos y las hojas que utiliza Huarte y esos cuerpos dibujados con amor y terror y esa tela horadada, recuerde los versos con que Cernuda abriera aquel libro doloroso y triste: “Donde habite el olvido,/ En los vastos jardines sin aurora;/ Donde yo sólo sea/ Memoria de una piedra sepultada entre ortigas/ Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.”

 

Consigue la artista con su propuesta que veamos dónde señala el poeta: al dolor de los vastos jardines sin aurora, la piedra sepultada entre ortigas, el yo que es amor caído, rostro caído y derrotado. Incluso consigue que veamos la tristeza sin donde, el no lugar, ese hueco en el que se instala el olvido y da forma a la forma aunque sea a tientas. Como hace Luis Cernuda. Lo consigue. Ahí nos coloca. Desde un punto de vista desabrido, sin concesión, en el que no hay sentimentalismo sino abierta melancolía por el tiempo perdido, dura, difícil, enferma. Una tristeza orgánica en la materialidad conjunta del mural y en el detalle de la mano que dibuja esas figuras a la intemperie como si sólo pudieran recogerse de sí mismas en sí mismas, sólo así resistiendo al olvido, al amor o a lo que sea.

 

Sin embargo, uno se detiene ante este mural y lo recorre y lo mira y poco importa que sea o no sea Cernuda el referente intelectual de esta obra. Lo que importa es que en él ocurre esa tristeza sin donde. No es necesario el pretexto de un relato biográfico ni de un poema. Cristina Huarte consigue que haya lugar para el no lugar, una estancia que es imposible conocer plenamente pero que nos cobija, pura diferencia, irreal de tan real, propia de tan inapropiable, poética pero no porque se refiera a un poeta sino porque renuncia al objeto de su representación para poseerlo. Esos rostros casi muertos, desnudos hasta en el dibujo, sin color, sólo con la luz mínima, envueltos en una arpillera que se consume. No sabemos qué motivó que Cristina Huarte leyera a Cernuda y luego creara esta obra. Qué nos importa. Sí que haya sido capaz de enfrentarnos a esa tristeza que sin lugar preciso es la más honda de las tristezas.

 

 

She likes to burn

 

Esta serie de Cristina Huarte es caligráfica: una máquina proyectiva de caracteres que pone en marcha la escritura de lo real desde una materialidad que no es, obviamente, figurativa sino sensorial; una escritura de lo sentido hecho visual, un mensaje sin código pero que establece relación de continuidad entre la sensación de la artista, la imagen serializada como serie de accidentes y el espectador que lee signos marcados por la diferencia y el azar.

 

Son dibujos quemados con soplete tras un vidrio, como si se tratara de una pintura ritual prehistórica. La ritualidad del fuego. La constatación de un procedimiento en el que la obra de arte es y no es al mismo tiempo, en el que lo sentido alumbra por el hueco de la desaparición. Escritura ajena a las convenciones, que nombra y es innombrable, que araña, perfila, atraviesa, quema, establece un acercamiento inédito, por momentos alucinatorio. Cristina Huarte presenta señales que remiten a una concepción prealfabetizada de la escritura. El scribere latino (“grabar”), el griego skarifáomai (“rayar un contorno”). Esto es lo que Huarte hace: grabar la materia con logos de la sensación, marcarla, dejar huella y hueco, a la búsqueda de lo bello (kalós, kalligraphía). Nada que ver con la idea platónica de belleza como aspiración verdadera sino disolución de dicha idea, búsqueda del conflicto entre concreción y fugacidad. Como el fuego. Porque “She likes to burn”.  Fuego que al mismo tiempo es y no es en su constante fluir. Como la sensación. Como la escritura, ese ritual cotidiano que cultiva la vida de los cualquiera –espectadores anónimos– un día tras otro. Señales y símbolos con los que adentrarnos por caminos más o menos codificados que se iluminan conforme avanzamos como una tea lanzada al pozo de la historia.

 

Cristina Huarte presenta en estas cajas la escritura del baile que es la vida, el amor, el exceso, la renuncia, “fuego siempre vivo, prendido según medidas y apagado según medidas”. She’s Always Dancing que diría Neil Young.

 

 

Hija del viento

 

Juan Eduardo Cirlot escribió que el arte, como el ser humano, se encuentra ante una dualidad constante: la belleza de la serenidad y la fascinación por el abismo. “Hija del viento” responde a esta dualidad. Rosas, óleo y pigmento sobre papel y madera. La rosa que es símbolo de perfección, orden racional, paraíso de Venus, jardín de Eros, fundida en el rojo de la intensidad, color de la sangre y del fuego. Y a la par, la voluptuosidad natural del viento, pintado como torbellino en afilado color blanco, renovador de la vida que decían los alquimistas, soplo creador que nos impulsa. Un jardín salvaje –valga el oxímoron– es lo que tenemos delante de nosotros. Hay vida en esta obra de Cristina Huarte, palpito dionisiaco diríamos, pero también hay cierta serenidad, una belleza rara, un equilibrio a punto de romperse, un orden inseguro, una tentación por el abismo. Véanlo ustedes: esa naturaleza sensible que se nos revela intensa es también presencia extraña; una imposibilidad que nos contiene, una obsesión, un límite. 

 

 

Piedra y sol

 

Figuras que fluyen hechas de humo, fantasmas en un ritual que emergen del negro y nos miran o se abrazan en un instante inmenso. Costras de piedra, restos de un derrumbe, materialidad frágil que no desaparece sino que acompaña. Elementos de una composición cuyo título, “Piedra y sol”, nos remite a ese largo poema de Octavio Paz, Piedra de sol, tan largo que en su circularidad no termina nunca, cuyos quinientos ochenta y cuatro versos aluden al número de días que el planeta Venus tarda en orbitar –eterno retorno de lo mismo– en torno al Sol.

 

Venus: alegórica protagonista de esta obra de Cristina Huarte, diosa solar que en la cultura occidental ha permanecido asociada al amor y la libertad, que se desdobla como espíritu y sexo, que encarna potencia y transformación, vida misma, otredad que está ahí desde la noche de los tiempos para dejar de ser fantasma y combatir la reiteración –también– de lo masculino.

 

Escribe Octavio Paz: “amar es combatir, es abrir puertas,/ dejar de ser fantasma con un número/ a perpetua cadena condenado/ por un amo sin rostro;/ el mundo cambia/ si dos se miran y se reconocen,/ amar es desnudarse de los nombres”. Y “Piedra y sol” es amor, pero amor como liberación, como transformación, como vitalidad capaz de hacer añicos la más duradera de las piedras. 

 

La vitalidad recorre completamente la obra de Cristina Huarte desde “Snippets” hasta “Piedra y sol”, una artista capaz de involucrar al espectador en su fascinación por el abismo con un estilo expresivo propio y radical que convierte la contemplación en una experiencia que, sin dejar de ser intelectual, hace de la sensación analogía necesaria entre lo que vemos y lo que somos.

VITALITY

David Mayor

 

Aún no estás sola (You are still not alone), Cristina Huarte.

IAACC Pablo Serrano, Zaragoza

(25th April – 2nd September)

 

 

The artistic proposal of Cristina Huarte (Zaragoza, 1988) has a way of addressing the viewer that focuses on sensation over intellect, directly, with neither rhetorical intermediaries nor impostures that simulate a plastic discourse already referenced. We can discover what her sources are, the readings that breathe life into them and upon which they are based, the pictures that inhabit her memory, but in the eyes of the spectator these are of little use. The rotundity of her work is enough in itself, addressing us in the first person of the plural. And her work is not about giving free facilities or falling into the spontaneity of the instinctive. Instead it alludes to the radically vital rather than a coded or canonical reflection.

 

Hers is compulsion painting, which is lived while it is viewed. And in it there is rupture, tension, interrupted gesture, burning or live vertigo. Therein lies the meaning of her proposal, the direction in which she embarks us towards ourselves as spectators. Towards what we are and what we do not want to be. It is a drive of life and death, of surrender to the elements of the emotions that constitute us. A drive to love, to horror, to hope, to restlessness, to that crucible of contradictions of which we are containers, and of which the pieces of Cristina Huarte gathers with incisive vitality.It is the vitality of the artist, but also of those who contemplate, paused in front of the pieces, that moment of life that is anchored from the other to the own.

 

Aún no estás sola is the title of her exhibition at the IAACC Pablo Serrano in Zaragoza, running from the 25th of April to the 2nd of September. It brings together pieces from the series SnippetsTristeza sin donde (Sadness with nowhere to go), She Likes to Burn, Hija del viento (Daughter of the wind) and Piedra y sol (Sunstone). It is a journey along the work of Cristina Huarte over the past three years. The title Aún No Estás Sola was taken from a poem by the poet Ángel Guinda in which the artist's intention is symbolically expressed: You're still not alone heart: / Get up! / Let me love you with my hidden passion / (... ) I will give you a domain of sweet apples, / I will give you my blood so that you will love it, / so that you can spread it like a wild river / with stones in its path, / with crystals and traps. And this is what Cristina Huarte presents us:an allegory of sweet apples, blood, wild river, stones, crystals and traps. Because that's life and that's what the paintings of which this artist are made.

 

 

Snippets

 

If someone — perhaps you, the reader, for example — is told of fragments (snippets), they will possible visualise some detail, a remnant, the vulnerability of that which has been abandoned for a supposed greater totality in a supposed time gone by. Something unfinished, contingent, invalid, fragile. But do not forget that fragmentation also implies something hidden, an ellipsis, a representation of an uncertainly, of a possibility, of a mystery. From here stems the success of the fragmented discourse as if to say contemporary.

 

When you stop before the imaginary world of Cristina Huarte, of what she calls Snippets, you will see that it represents both the ideas of abandonment and of mystery: those images that are pure sensation are not only fragments, but also a world that draws you in, a composition that closes in on whoever gazes at it, the combination of drawings and abstractions, of figures and voids. To look at it involves exploring the restlessness of the incomplete. Those faces that appear distressed and deranged, that exposed wood, those ink smudges are direct action that will inflame the nerves of anyone and suspend conclusive judgements. They are something broken, something detached, something violent. Something. Never a certainty. But in the intensity of a proviso that is also articulated. It is and is not represented. It is form and it is decomposition. They are fragments that lead us to another part, to something different: the self that opens itself to the mysterious and that the self itself opens.Eliot wrote in his Wasteland — one of the literary referents with which Cristina Huarte has used for this piece — : There is a shadow under this red rock, / And I will show you something different from your shadow. The artist has achieved that this 'something different from your shadow’ are these fragments that challenge us in a way that is equally intense as it is helpless.

 

 

Tristeza sin donde

 

Cristina Huarte confesses that it was Luis Cernuda — that poet who never ceases to interest — who was point of reference for the pieces entitled Tristeza sin donde (Sadness with nowhere to go). More specifically, Cernuda’s work in Donde habite el olvido (Where oblivion dwells): It was a dream, air/ Tranquil in nothingness; When eyes opened / The branches lost. // Time exhaled / Vegetal lights, / Loves lost, / Sadness with nowhere to go.And it is inescapable perhaps for those who know the work of the transposed poet that, upon seeing the sacks and leaves that Huarte uses and those bodies drawn with love and terror and that perforated fabric, to remember the verses with which Cernuda opened that painful and sad book: Where oblivion inhabits, / In the vast gardens without aurora; / Where only I am / Memory of a stone buried between nettles / Over which the wind frees their insomnia.

 

With her proposal the artist directs our gaze to where the poet points:to the pain of the vast gardens without aurora, the stone buried between nettles, the self that is love lost, with a fallen and defeated face. She even helps us see sadness with nowhere to go, the non- place, that gap in which oblivion is installed and that shapes the shape, even if it is grasping. As Luis Cernuda does. So does she. It is there she places us. From a vapid point of view, without concession, in which there is no sentimentality but open melancholy for time lost, hard, difficult and ill. There is an organic sadness in the joint materiality of the mural and in the detail of the hand that draws those figures out in the open as if they could only collect themselves from themselves, only thus resisting oblivion, love or whatever.

 

However, one stops before this mural and explores it, looks at it and it matters little whether or not Cernuda is the intellectual referent of this work. What matters is that the viewer feels the sadness with nowhere to go. The pretext of a biographical story or a poem is not needed. Cristina Huarte manages to make place for non-place, a space that is impossible to know fully but is one that shelters us, pure difference, as unreal as it is real, typical of such inappropriability, poetic, but not because it refers to a poet but because it renounces the object of its representation to possess it. Those near-dead faces, naked even in the drawing, colourless, with only minimum lighting, wrapped in burlap that consumes them. We do not know what motivated Cristina Huarte to read Cernuda and then to create this work. Why should we care? For indeed, it has been able to face us with such sadness that, without a precise place, is the very deepest of sorrows.

 

 

She likes to burn

 

This series by Cristina Huarte is calligraphic: a projective character machine that sets into motion the writing of the real from a materiality that is not, obviously, figurative but sensory; a writing of the meaning made visual, a message without code but one that establishes a relationship of continuity between the sensation of the artist, the serialised image as a series of accidents and the viewer who reads signs marked by difference and by fate.

 

They are drawings burned with a torch behind a glass, as if it were a prehistoric painting ritual. The rituality of fire. It is the verification of a procedure in which the work of art is and is not at the same time, in which the meaning shines through the gap of disappearance. It is writing beyond conventions, which names and is nameless, which scratches, profiles, punctures, burns, establishing an unprecedented approach, which in moments is hallucinatory. Cristina Huarte presents signs that refer to a pre-literate conception of writing. The Latin scribere (to write), the Greek skarifáomai (to scratch an outline).This is what Huarte does: inscribe the material with the logos of the sensation, marking it, leaving a imprint and an indent, in search of the beautiful (kalós, kalligraphía). This is nothing to do with the Platonic idea of beauty as true aspiration but the dissolution of that idea, a search for the conflict between concretion and transience. Like fire. Because She likes to burn. A fire that, at the same time, is and is not in constant flow. Like the sensation. Like writing, that daily ritual that cultivates the life of anyone —anonymous readers — day after day. Signs and symbols with which we delve deeper into lesser or greater codified paths that light up as we advance, like a torch thrown into the well of history.

 

Cristina Huarte presents in these boxes the writing of the dance that is life, love, excess, acquiescence, ‘an ever-living fire, with measures of it kindling, and measures going out’. She's Always Dancing as Neil Young would say.

 

 

Hija del viento

 

Juan Eduardo Cirlot wrote that art, like the human being, is faced with a constant dualitythe beauty of serenity and the fascination with the abyss Hija del viento (Daughter of the wind) responds to this duality. Roses, oil and pigment on paper and wood. The rose that is a symbol of perfection, rational order, paradise of Venus, garden of Eros, fused in the red of intensity, the colour of blood and of fire. And at the same time, the natural voluptuousness of the wind, painted as a whirlwind in a sharp white colour, a renovator of life as said the alchemists, a creative breath that drives us. A wild garden —a real oxymoron — is what we have in front of us. There is life in this work of Cristina Huarte, a Dionysian pulse we would say, but there is also certain serenity, a rare beauty, a balance about to break, an insecure order, a temptation for the abyss. See it for yourselves: that sensitive nature that is revealed intensely is also a strange presence, an impossibility that contains us, an obsession, a limit.

 

 

Piedra y sol

 

Flowing figures made of smoke, ghosts in a ritual that emerge from the black and stare at us or embrace us in an immense instant. Stone crusts, the remains of a landslide, a fragile materiality that does not disappear but accompanies us. Elements of a composition whose title Piedra y sol (Sunstone) refers to that long poem by Octavio Paz, a poem so long that in its circularity it never ends, whose five hundred and eighty-four verses allude to the number of days that the planet Venus takes time to orbit — an eternal return to the same — around the Sun.

 

Venus: the allegorical protagonist of this work of Cristina Huarte, the sun goddess who in Western culture has remained associated with love and freedom, which unfolds as spirit and sex, which embodies power and transformation, life itself, an otherness that is there in the depth of time to cease being a ghost and combating the reiteration —also— of the masculine.

 

Octavio Paz writes: to love is to battle, to open doors, / to cease to be a ghost with a number / forever in chains, forever condemned / by a faceless master; the world changes / if two look at each other and recognise each other / to love is to undress our names. And Piedra y sol is love, but love as liberation, as transformation, as vitality capable of shattering the most lasting of stones.

 

Vitality runs throughout Cristina Huarte's work from Snippets to Piedra y sol. She is an artist capable of involving the viewer in her fascination with the abyss with her own expressive and radical style that transforms contemplation into an experience that, without ceasing to be intellectual, makes the essential analogy between what we see and what we are.