LA MUJER QUE FUE SOMBRA

Antón Castro

 

 

Cristina Huarte ha sido como una aparición. Cuando expuso, en 2013 en la CAI Luzán, con Alejandro Monge, algunos nos preguntamos: “¿De dónde ha salido esta artista, de incuestionable madurez y talento, segura de sí misma, de sus fantasmas y de sus vampiros?”. Llamaba la atención por la originalidad de su propuesta, por su pasión por la pintura, abstracta y figurativa, poderosa y oscura, capaz de explorar los abismos de la conciencia, esos lugares inextricables e inquietantes, y de autorretratarse con sus rincones sombríos en espléndidos dibujos.

 

Cristina Huarte mostraba dos polos: confianza, las certezas del artista con vocación, tan imprecisas casi siempre, y una vulnerabilidad evidente. Su obra, como decía Vicente Villarrocha, era como un arañazo al ojo del espectador. Exhibía energía, espanto, soledad, dolor, quizá llanto, pero también apasionamiento y arrebato. Y la lentitud necesaria que encierra el latido del tiempo, ese concepto tan huidizo y acaso invisible. En la obra de Cristina Huarte hay un diálogo con variadas tradiciones estéticas, Gerhard Richter, Rudolf Stingel y tal vez Francis Bacon: esos rostros convulsos, desdibujados, espectrales como almas sitiadas en una noche de tinieblas. Pero también conversa con Edgar Allan Poe, con Kafka, con Charles Bukowski y David Lynch, con el universo de los vampiros, con el cine de terror, especialmente con Nosferatu.

 

A esos laberintos del conocimiento y de la búsqueda, se suman ahora, entre otros, la psicología, la psiquiatría, y personajes como Winnicott, estudiado entre nosotros por Javier Lacruz, o Erich Fromm, famoso por libros que fueron decisivos en los años 70 como El arte de amar,  El miedo a la libertad o El amor a la vida. Con ese bagaje, con esa meditación compleja como laboratorio y núcleo de la creación, Cristina ensancha su mundo con una inquietante armonía de fondo y forma, de dolor y lirismo, de indagación y tormento, de paisaje y daguerrotipo. Antes que nada, de nuevo, llama la atención la plasticidad de su propuesta: es pintura muy elaborada. Osada y hermosa en su turbiedad anímica. Pintura con mayúsculas donde interviene el azar. Pintura que se organiza como un libro, como una enciclopedia de emociones o un mosaico de sombras, una pintura que también es mansión del terror, espejismo, metamorfosis de la intimidad. Pintura sutilísima y subyugante a la vez, pintura que ofrece la afirmación de una identidad con resquicios y que invita a adentrarse en ella: convoca a una inmersión al otro lado del espejo que no será plácida en ningún instante. A los críticos y espectadores les ha sorprendido la calidad y la variedad de sus manchas, de sus intuiciones, su inconformismo activo. Cristina, que ha viajado y que ha madurado aún más en su estancia en Berlín, suele decir que su trabajo es una reflexión sobre una sociedad contradictoria en la que asoman la violencia, el poder y el extrañamiento. El mundo es un lugar siniestro, caballeros, parece decir ella con el poeta y narrador Félix Grande.

 

Junto a ese gran mural Snippets, hay otra pieza que alude al corazón, al riego sanguíneo, el calor-color de las relaciones y del amor, y quizá de las pérdidas. También ahí está ella al rojo vivo. No se oculta. O se enmascara entre símbolos y alegorías arborescentes que se expanden como el río de la memoria, el surco de los sentimientos, el arduo crecimiento de la materia desde el interior o desde el estómago, donde se agitan los temblores, el descontento y la propia vecindad de la muerte, que también es un asunto que anda por ahí, tan al desnudo como un ave estremecida.

 

El taller de Cristina Huarte es todo un espectáculo. El primer lugar de la representación. El campo de pruebas y el centro de sus hallazgos. El teatro de sí misma. Ella es puro dinamismo, agitación, acerada dulzura, fragilidad de roca. Quizá por ello en todas sus series hay otro convidado de honor: el miedo. Miedo a la oscuridad, a lo terrible, a los vendavales incontenibles, miedo a la locura y a los desórdenes del mundo. Cristina Huarte parece creer en una frase de Richter: “Hay que creer en lo que se hace, hay que implicarse con toda el alma en la pintura”. Al fin y al cabo, ese es su camino y el sello de su autenticidad.    

THE WOMAN WHO WAS SHADOW

Antón Castro

 

 

Cristina Huarte has been like an apparition. When she exhibited in 2013 at the CAI Luzán, together with Alejandro Monge, some of us wondered, "Where did this artist of unquestionable maturity and talent, confident in herself, her ghosts and her vampires come from?" She stood out for the originality of her proposal, her passion for painting, splendid drawings, abstract, figurative, powerful and dark, able to explore the depths of consciousness, these intractable and disturbing places, and a self-portrait with dark corners.

 

Cristina Huarte showed two poles: confidence, the certainties of an artist with a vocation, almost always imprecise, and with an obvious vulnerability. Her work, as Vicente Villarrocha said, was “like a scratch on the eye of the beholder”. She exhibits energy, fear, loneliness, pain, perhaps tears, but also passion and rapture. And slowly enclosing the necessary heartbeat of time, that concept which is elusive and perhaps unseen. In the work of Cristina Huarte there is a dialog with various aesthetic traditions: Gerhard Richter, Rudolf Stingel and perhaps Francis Bacon with her turbulent faces, blurred, spectral, like beleaguered souls in a dark night. But she is also familiar with Edgar Allan Poe, Kafka, Charles Bukowski and David Lynch, with the world of vampires and horror films, especially Nosferatu.

 

These labyrinths of knowledge and of shelter, are now accompanied by psychology, psychiatry, among other areas, and figures such as Winnicott, studied by the psychiatrist, Javier Lacruz; also Erich Fromm, well-known for his seminal works of the 1970s, The art of loving, The fear of freedom, and For the love of life. With this baggage, this complex meditation as a laboratory and the spark of creation, Cristina extends her world with a disturbing harmony of background and shape, pain and poetry, inquiry and torment, landscapes and daguerreotypes. Most of all, she draws attention, yet again, to the plasticity of her proposal it is painting with a great deal of thought.

Daringly beautiful in its mystic turbidity. Painting at its most definite, where chance intervenes. Painting arranged as a book, an encyclopedia of emotions or a mosaic of shadows, painting which is also the haunted house, a mirage, or the metamorphosis of intimacy. Painting that is at its most subtle, yet at the same time, dominant; painting that provides the confirmation of an uncertain identity and invites you to explore further; it calls up the whole of the dark side of the mirror that offers not a moment of peace. Critics and spectators alike have been surprised by the quality and variety of its smudges, intuitions and active non-conformity. Cristina, who has travelled and matured even further during her stay in Berlin, often says that her work is a reflection of a contradictory society, where violence, power and exclusion all make an appearance. The world is a sinister place, ladies and gentlemen, she seems to be saying, echoing the poet and story-teller, Felix Grande.

 

Next to the large mural, Snippetsthere is another work alluding to the heart, the bloodstream, the heat and colour of relationships and love, and perhaps of loss. She is there, too, burning bright. In full view. Or she masks herself in tree-shaped symbols and allegories that expand like the river of memory, the furrow of feelings, the arduous growth of matter from the inside or from the stomach, where tremors toss and discontent and closeness to death, which is also a matter wandering about, as unprotected as a shaken bird.

 

Cristina Huarte's workshop is quite a sight. The inception of imagery. The testing site and centre of her findings. The theatre of herself. She is pure dynamism, turbulence, steely softness, flinty fragility. Perhaps this is why all her series have another guest of honour: fear. Fear of darkness, of terrible happenings, howling gales, fear of madness and the chaos in the world. Cristina Huarte seems to believe in one of Richter's sayings: "You must believe in what you do, you must put your heart and soul into painting". In the end, that is the path she has taken and the stamp of her authenticity.