CRISTINA HUARTE: PIEDRA Y SOL

José María Bardavío

 

 

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Visitando el Museo Pablo Serrano, contemplaba Piedra y sol el magnífico políptico de Cristina Huarte sintiendo intensamente su fuerza y su profunda belleza pero sin comprender los significados secretos, ocultos, latentes, que intuía en ellos. Merleau-Ponty afirma en Fenomenología de la percepción que el arte que vemos << no lo captamos tanto por la vía perceptiva sino que lo reasumimos y reconstruimos mediante estructuras fundamentales que están en nosotros>>. Volví al museo varias veces con las palabras de Merleau-Ponty como guía, para terminar comprendiendo que al reordenar mentalmente los cuatro cuadros  que componen el políptico siguiendo el orden y la posición que explico a continuación,  el contenido latente que andaba buscando se convertía en manifiesto:

 

El cuadro 1 No cambia de posición: Seguirá ocupando el lugar más a la izquierda del espectador.

El cuadro 2  antes ocupaba la cuarta posición empezando por la izquierda.

El cuadro 3 antes ocupaba  la segunda posición empezando por la izquierda.

El cuadro 4  antes ocupaba la tercera posición empezando por la izquierda

 

Por otro lado no se trata de que la artista haya ocultado los significados de su obra en un laberinto o en una caja hermética. De lo que sí se trata es de invitar al  espectador a que descubra esos contenidos manifiestos, (el relato perfecto que construyen) y, en segundo lugar, la figura geométrica, la  espiral virtual que los sobrevuela.

 

Prosiguiendo por la ruta de los significados inconscientes que se han vuelto conscientes al recolocar las posiciones de los cuadros del políptico, queda claro que el conjunto de los cuatro cuadros se muestra ahora como un cuento, como un relato visual perfecto, con sus preceptivos principio, desarrollo y desenlace. En una visita a la página web de la artista, cualquiera puede encontrar una fotografía suya realizada en su estudio muy poco después de haber terminado Piedra y sol tras semanas de trabajo extenuante y apasionado.

 

Vemos efectivamente a Cristina Huarte en la fotografía tumbada en el suelo en posición fetal. Que es lo mismo que decir formando con su cuerpo una espiral salvando las dificultades que supone trazar una espiral en el suelo con el propio cuerpo. La importancia de esa coincidencia, para nada casual, entre las dos espirales, descansa en el cúmulo de símbolos y significados que se reúnen en torno a Piedra y sol.

 

La triple significación del políptico de Cristina Huarte (la narrativa, la simbólica-geométrica, y la fetal) genera a su vez diferentes niveles de sentido y significación que detallo ahora:

 

Nivel 1: Piedra y sol  en su resolución artística objetiva.

Nivel 2: Piedra y sol  en la sensibilidad y subjetividad de cada espectador.

Nivel 3: Aparición de un relato visual  al ser mentalmente modificado el orden de los cuadros.

Nivel 4: Aparición de una espiral virtual sobre el recorrido de los cuadros reordenados.

Nivel 5: La espiral del Nivel 4, coincide con la espiral que traza el cuerpo de la artista en el suelo de su estudio, en posición fetal, recién terminado de pintar el políptico Piedra y sol.

 

La Tabla 2 (la colocada en cuarto lugar según la ordenación del políptico original), resulta ser clave en la creación de ese otro orden simbólico: la espiral que se va formando siguiendo el recorrido narrativo en su total integridad para proseguir luego en el cuerpo de la artista cuya espiral gestualidad se prolonga no en la posición natural del bebé recién nacido sino en la obra de arte recién creada, recién nacida, titulada Piedra y sol.

 

Pero la gran pregunta que suscita mi experiencia indagatoria inspirada en Merlau-Ponty sobre lo que está inteligentemente oculto en Piedra y sol es la siguiente: ¿De verdad importa más la vía racional que revela los significados ocultos, al placer directo e inmediato que depara su explosiva belleza? Me refiero al misterio, la intensidad, la sorpresa, el deleite, el asombro de Piedra y sol tal y como lo ordenó inicialmente la artista.

 

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El espectador notará que la gran figura femenina de la tabla situada más a la izquierda del políptico (Tabla 1), gira el torso en la dirección de los otros tres cuadros restantes como invitando al espectador a dirigir la atención hacia ellos. Y en la figura situada más a la derecha del espectador (Tabla 2), aparece la misma mujer de perfil mirando hacia las otras dos tablas restantes (Tablas 3ª y 4ª).

 

En esa Tabla 1, vemos a una mujer de edad indefinida, de rasgos duros y quizá feroces, una mujer severa, y determinada, ajena casi al dolor y cubierta por misteriosos fragmentos de pizarra, que se presenta ante el espectador diciéndole admonitoriamente: <<Estoy aquí  para contarte el infortunio de mi vida>>. Captamos que está herida por los fragmentos de pizarra que son símbolos de escoriaciones que su mirada y actitud (el giro gestual hacia nosotros) promete contarnos. Y captamos también que el presente de su presencia misma, incluye el secreto de un pasado sin duda atroz que va a sernos revelado a través de la representación e interpretación de las otras tres tablas restantes.

 

Desde una perspectiva temporal la Tabla 1 revela lo que le sucedió a Mujer en el pasado, las terribles vivencias sufridas entonces que no solo son temporales y físicas sino también regresivas, de naturaleza inconsciente. Y que se harán explícitas a través del motivo de la espiral que si bien apunta a la subjetividad radical, al interior de ella misma, se prolonga en la posición fetal, la espiral que Cristina Huarte traza con su cuerpo en el suelo. Porque si el caer extenuada y abatida resulta ser oscuro y espantoso, haberlo dado todo comporta y acarrea la victoria del conseguir haber pintado lo que se había propuesto narrar, trasmitir, expresar, crear.

 

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No hay duda de que Piedra y sol, está resuelto con la solemnidad, la profundidad, la elevación y la seriedad que son las características específicas de la trágica clásica. El color, la evocación, la sugestión, lo hipnótico, el contraste, la espiritualidad, circulan memorablemente por los intersticios significativos de esos cuatro cuadros dando pleno sentido al políptico.

 

Como en la tragedia clásica, la historia visual representada en ellos se sostiene en el conflicto entre dos personas que aquí resultan ser lo más prototípicas posibles: Hombre y Mujer. Y concluiremos que Hombre, aquí, es un ser abominable, execrable, reducido humanamente a la nada por la obsesiva lujuria que lo domina. Se trata de la desmesura, que en la tragedia clásica se denomina hamartia o inclinación dañina y exagerada que causará a la postre la derrota del héroe. Mientras tanto Mujer dribla, esquiva, sortea, soslaya y se evade como puede del abrazo insistentemente repetido (dos veces es siempre) de Hombre que ya ha prescindido de cualquier sentimiento humano sojuzgado como está por su lasciva obsesión.

 

Mujer elude a Hombre en base a la tóxica obsesión genital que le ha devorado hasta convertirlo en el monstruo que solo quiere abrazarla eternamente para satisfacerse carnalmente de ella. Mientras que Mujer construyó un amor basado en la dignidad y la corresponsabilidad. Mientras ella se va cubriendo de heridas y cicatrices, Hombre piensa en satisfacerse sexualmente sin mostrar si quiera afinidad alguna con las demandas procedentes de la que fue su gran amor.

 

En Piedra y sol el espantoso abismo que separa a Hombre de Mujer compone una tenebrosa arquitectura de brillos y colores sombríos, la confrontación espeluznante del deseo y su rechazo, y de esas pizarras fragmentadas, doradas, que son los fuegos artificiales del espanto y la pesadilla. El hombre de Piedra y sol  vive tan herméticamente recluido en su neurosis que es como un sol que al iluminar su deseo en exclusiva, no solo lo deslumbra y enceguece, sino que el sol del exceso le está quemando vivo.

 

En cambio Mujer es del todo piedra, es decir, dura, invariable e inamovible en su capacidad de sentir la pérdida del amor como un desastre devastador. El abandono de Hombre emana de ella a través de las cicatrices pizarrosas que continúan cubriendo su cuerpo. Podría vivir siglos de forma inalterable, expresando que nada es posible si el amor no lo define y justifica. Mujer personaliza el deseo universal de millones de mujeres que sufren del mismo mal.

 

Otelo (Othello: William Shakespeare 1601) además de ser el modelo y arquetipo de cualquier tragedia que se ocupe de los celos, es también la tragedia de los que envidian a muerte la felicidad ajena; y también es la tragedia de los estragos que causan las exigencias injustas, histéricas y absurdas- en concreto las del propio Otelo con respecto a su joven mujer, Desdémona. Como sucede exactamente igual con Hombre que reclama el pañuelo milagroso de Desdémona, es decir, la posesión fetichista de las exigencias sexuales unidimensionales. Hombre amó a Mujer. Y luego dejó de amarla. Nadie sabe el porqué.  Quizá el destino envidioso, quizá los dioses crueles. Pero lo que está claro es que la desmesura obsesiva de la exigencia hipersexual, solo puede surgir de un volcán psicótico. Mientras Hombre exige, Mujer declina, repele, se excluye. Hombre y Otelo se lanzan sobre Desdémona y Mujer, que se asombran, que se espantan, que declinan,  padecen, sufren y el cuerpo y la psique se llenan de llagas. Son víctimas perfectamente inocentes convertidas en muerte inútil e injusta mientras gira alrededor su pureza inocente. Ellos en cambio son sol, esa luminaria que destruye con sus infinitos e inagotables rayos fálicos. Mujer es piedra, rotunda y dura,  pizarra oscura por intensa. Mientras que Hombre ya no es, Mujer sigue siendo rotundamente; es.

 

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Un furibundo caricaturista llamado José Ramírez, enemigo declarado de Manuela Carmena a la que tilda en su blog de  incompetente y neocomunista, convierte la espiral del flamante pendiente original que lucía la alcaldesa (símbolo ancestral de eternidad y valores positivos), en un 6 satánico ( o al menos pre-satánico) anidado en la turbia personalidad de la caricaturizada. Ese seis de intenciones infernales colgando del cuerpo de la  regidora madrileña es una ondeante bandera proclamando que todo lo que salga de ella y recaiga en los ciudadanos será fatal, de inspiración y resultados poco menos que diabólicos.

 

El 666 (y últimamente el 616) es, como todo el mundo sabe, la marca de la Bestia según el Apocalipsis. Resultando así que el 6 de la alcaldesa, confabula el modelo diabólico pues toda caricatura distorsiona el  modelo original satírica o/y exageradamente.

 

Con respecto a la génesis de Hombre en la tradición antropológica, no cabe duda de que fue bueno mientras vivió con Mujer, tanto como que se fue convirtiendo en bestia feroz cuando el sentimiento del amor remitió hasta desaparecer del todo. Esa bestia feroz del hombre sin amor, se acopla muy bien al protagonista del políptico de Cristina Huarte dada la sensación de intemporalidad en la que se encuentran inmersos los cuatro cuadros, un tiempo sin tiempo como ya he explicado antes, el territorio intangible de lo que está sin apenas estar, como si el sentido profundo consistiera en denotar realidad (los personajes representan a seres humanos) pero connotados a su vez de una irrealidad exacerbada. Se trata de personajes que rozando el suelo de la física apariencia, lo que en realidad muestran es una enorme grandeza simbólica contemplados desde la hermenéutica simbólica y las aportaciones alrededor del yo como instancia psíquica fundamental.

 

Porque Hombre es el lado oscuro de la propia artista. Como si Cristina Huarte hubiera encontrado en la creación de ese concreto personaje visual suyo, la forma de mostrar lo que está más censurado en su inconsciente. Porque es bien cierto que Hombre pueda entenderse como un mal salvaje, un eslabón más de la larga cadena de monstruos en nuestro milenario repertorio cultural. Un varón (casi siempre) ejemplo de lo diferente, de lo infrecuente, de lo inquietante, de lo que es más o menos espantoso y que a la postre no es más que la proyección de nuestros más ocultos instintos y tendencias (ver en Roger Bartra los mitos sobre lo salvaje). Hombre, por lo tanto, vendría a representar lo inquietantemente diferente acumulado en la memoria psíquica de la artista. Pero no solo por la vía filogenética (heredada) sino por la vía ontogénica (progresivamente surgida de su propia experiencia). La proyección visualizada de la culpa, lo siniestro (Freud) de ella misma. Hombre sería pues un espejo especializado en mostrar el interior del que en él se mira. Hombre es Cristina Huarte. Y Mujer es Cristina Huarte, también.